Dra. Kristin Mercer: “El efecto del dinero en investigaciones académicas”

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Reflexiones en la ciencia, la economía political capitalista y el Zapatismo
Kristin Mercer y Joel Wainwright
2 enero 2017

I

Es un gran honor tener la oportunidad de aprender y pensar juntos con ustedes sobre la ciencia, las alternativas al capitalismo, y las intersecciones entre los dos. Espero con interés nuestras conversaciones. Hoy presentaré un artículo que he escrito con Joel Wainwright, titulado “Reflexiones sobre la ciencia, la economía política capitalista y el Zapatismo”.

Aquí está nuestro argumento general. La economía política del capitalismo influye continuamente en la forma y actividad de la práctica científica, obstaculizando el potencial de la ciencia para liberar a la humanidad. Sin embargo, no podemos rechazar la ciencia per se. Hay potencial para que la ciencia avance los objetivos de las comunidades Zapatistas. Pero las condiciones para que la ciencia sirva al “Zapatismo” no pueden ser creadas por los científicos solos.

Para elaborar, desarrollamos nuestro argumento en tres pasos. Primero, reflexionamos sobre cómo la ciencia en la universidad moderna ha sido formada por el estado y el capitalismo a lo largo de tres épocas distintas (vivimos en la tercera, la era neoliberal). En segundo lugar, nos centramos en el campo particular de la ciencia con el que tenemos el conocimiento más directo: la agronomía y la agroecología en las universidades de investigación agrícola de los Estados Unidos. En tercer lugar, concluimos con reflexiones utópicas sobre la ciencia y la transformación política: por ejemplo, en las comunidades Zapatistas.

Lo que hoy llamamos “ciencia” puede ser concebido de varias maneras distintas. La concepción de sentido común, en la que la ciencia es un campo enrarecido de descubrimiento dominado por hombres y matemáticas, es exactamente el punto de partida equivocado. Si empezamos, como lo hacen algunos filósofos liberales de la ciencia, al definir la ciencia como un conjunto específico de prácticas (por ejemplo, la prueba de hipótesis), la ciencia puede legítimamente definirse como un fenómeno moderno. Esta posición liberal debe ser criticada desde una perspectiva más radical e histórica porque la visión liberal se desliza fácilmente hacia la tesis (falsa) de que “la ciencia es la modernidad” o (aún más peligrosa) la tesis de que “la ciencia es occidental“. Pero sabemos, por ejemplo, que en estas tierras personas formaron maíz durante milenios; ciudades estuvieron construidas con complejos puntos de referencia astronómicos; y así. Bajo cualquier concepción significativa de ciencia, las personas de esta región han estado pensando científicamente por mucho tiempo. Esto plantea una pregunta que parece simple pero que es bastante compleja: ¿Cómo podemos afirmar la ciencia como un
fenómeno universal, sino también definirla de alguna manera que la distinga de simplemente “pensar” sobre el mundo? Requiere “historicizar” la ciencia, es decir, comprender la larga historia de la ciencia, en todas sus variantes, teniendo también en cuenta las formas específicas en que la ciencia se ha extendido y deformado a través de la modernidad capitalista.

Contrariamente al sentido común y a las concepciones liberales de la ciencia, argumentamos que debemos comprender la ciencia como un proceso social de reducción de lo desconocido mediante el cuestionamiento creativo y la comparación crítica de los resultados. Cuando se practica, la ciencia es la “razón” en su forma más social. Consideremos las prácticas que asociamos hoy con la ciencia: comparando datos, citando otros trabajos, ‘evaluación por sus pares’, y así sucesivamente. Estos no son más que vías formales de
construir afirmaciones juntos. Sólo por este motivo, el carácter social y ‘colectivo’ de la ciencia, podemos defender el carácter distintivo de la ciencia. Esto nos permite definir el razonamiento científico como universal, y también como específico. La ciencia no es una cosa en absoluto, sino una concepción escéptica del mundo— una que pone a prueba sus afirmaciones a través de razonando socialmente y públicamente. Nadie prueba nada solo y los logros de los genios son sólo elaboraciones marginales del conocimiento de la humanidad.

Gracias en parte a ustedes, todos reconocemos que estamos viviendo en una época neoliberal de la historia del capitalismo. Antes de entrar en algunos de los síntomas problemáticos del neoliberalismo en la ciencia académica, es importante explicar lo que entendemos por “ciencia neoliberal”. Las demandas fundamentales de la ciencia por el capital han cambiado poco desde el inicio del capitalismo. Lo que ha cambiado en la era neoliberal no es el carácter esencial del capital ni la ciencia, sino su interrelación. El cambio que reconocemos en su interrelación – que parece que la ciencia se ha vuelto neoliberal – ha sido impulsado por cambios en su economía política. Para decirlo brevemente, y apelar a la terminología Marxista, podríamos decir que el papel de la ciencia en el capitalismo ha cambiado como consecuencia de tres procesos fundamentales, cada uno desplegándose en ritmos temporales diferentes. En primer lugar, hay un proceso largo y lento por el cual el lado técnico de la producción (o maquinaria) ha crecido cada vez más en relación con la fuerza de trabajo. (Marx llama esta proporción del trabajo vivo a las máquinas la composición orgánica del capital); el punto extremo de la relación, a la cual se dirige el capital, es un mundo en el que toda la producción es hecha por robots que son propiedad de pocos capitalistas, sin nadie a quien vender. Esto es uno de las contradiciones primarias del capitalismo y impulsa a la ciencia hacia adelante, con su borde “traslacional” al frente, asegurando más plus-valor. En segundo lugar, los costos sociales de crear una masa de fuerza de trabajo competitiva y científicamente alfabetizada (para crear y operar las máquinas, entre otras cosas) se han vuelto cada vez más costosos, durante un período neoliberal en que la capacidad del estado para subvencionar la educación pública
ha disminuido. Y tercero, avanzar la ciencia es inseparable de la competencia de los estados por la superioridad en la creación de armamento avanzado. Los Estados Unidos son un imperio no sólo por sus logros científicos, sino que debe sostener sus logros científicos para seguir siendo un imperio.

Tomando estos tres procesos juntos (y dejando de lado la jerga Marxista), la implicación es clara. Aunque la ciencia tiene el potencial, bajo el capitalismo no ha liberado a la humanidad. La ciencia no es capitalismo, no son lo mismo en absoluto; pero el mundo capitalista está completamente envuelto en la ciencia y no en beneficio de todos. La ciencia lleva la doble máscara de Janus. Consideremos dos ilustraciones familiares. Primero: ahora podemos comunicarnos instantáneamente con colegas de todo el mundo, pero los estados espían sistemáticamente estas transmisiones. Segundo: la física decodificó la naturaleza de la materia pero entregó armas nucleares a los estados más poderosos. Como razón social, la ciencia promete la liberación, pero en un mundo dominado por el capitalismo, la ciencia nos libera muy poco o incrementa las amenazas que nos enfrentan.

II

Sin embargo, estamos viviendo en una era neoliberal, por lo que ahora vamos a elaborar sobre algunas tendencias que moldean la práctica científica y considerar los efectos del neoliberalismo para la ciencia en la Universidad pública de investigación de los Estados Unidos. Nos centramos aquí, en primer lugar, porque es donde Joel y yo vivimos y trabajamos. Por otra parte, la práctica de la ciencia en la Universidad estadounidense tiene consecuencias mundiales. Bill Reading explica que la Universidad moderna ha surgido en tres fases históricas, cada una con su propio objetivo o ideal, y cada una incorporando el capitalismo más y más. En la primera fase, que coincide con el nacimiento de las relaciones sociales capitalistas, la Universidad, de estilo premoderno y afiliada a la iglesia, es principalmente un campo de entrenamiento para la cultura de élite. La ciencia juega una pequeña parte.

En la segunda fase, que se extiende desde los mediados del siglo XIX hasta los años setenta, la Universidad se vuelve cada vez más nacional, práctica, secular y comercial. Su propósito es mezclar el aprendizaje con la práctica, las artes con la ciencia, el pensamiento con los negocios. La función económica de la Universidad en este período fue la creación de una gran reserva de ‘mano de obra entrenada’ para apoyar al Estado-nación capitalista. La ciencia era central. Se crearon grandes Universidades públicas de investigación en los EEUU donde la ciencia de agricultura era central.

Desde los años setenta, en nuestra fase neoliberal, la Universidad carece de un ideal coherente. Como discutiremos, hay demandas comercializar a los resultados del trabajo científico, pero no es el mandato per se. Por ejemplo, mi Universidad es una corporación: pero es una corporación pública sin fines de lucro, que tiene la supuesta misión de “crear conocimiento para el mundo”. ¿Cómo cuadrar esta misión con la práctica real de enfatizar la comercialización? En lugar de un ideal coherente ha surgido el no-concepto de “excelencia”. Eso es lo que las Universidades intentan hacer hoy—producen algo llamado “excelencia”. Yo soy una productora de
excelencia.

Por supuesto, la “excelencia” en sí misma no significa nada. Si no podemos ponernos de acuerdo sobre el propósito de nuestro trabajo, en lugar de un ideal sustantivo, colocamos uno vacío.

De hecho los motivos que impulsan a los científicos académicos de hoy varían. Algunos eruditos apoyan de manera descarada y directa los intereses de corporaciones particulares o del estado (incluyendo el ejército estadounidense). Otros no. Como una científica que estudia la agroecología en una Universidad pública en los Estados Unidos, he visto cómo esta vida social de la ciencia ha influído en la elección de los tópicos de investigación y las fuentes de financiamiento perseguido. La propia existencia de esta dinámica pone de relieve las posibilidades de otro tipo de ciencia embedida en otro tipo de sociedad—por ejemplo, “en otro mundo en que quepan muchos mundos”. En este espíritu destacamos algunas de las tendencias que se están desarrollando en la investigación agrícola académica en los Estados Unidos. Tal vez pueda ayudarnos a considerar otra via.

Se formaron a las grandes Universidades de investigación en los Estados Unidos durante el segundo fase con la misión apareada de enseñar agricultura específicamente y también realizar la investigación para mejorar la producción agrícola. El objetivo era crear conocimiento que pudiera ser aplicado directamente por los agricultores y las empresas agrícolas. Así, la investigación fue, en su concepción, “traduccional”. Dicha investigación traduccional informa a varios tipos de sistemas de cultivo: desde grandes productores de soja modificada genéticamente hasta pequeños productores de frutas y hortalizas orgánicas. Sin embargo, no todas las investigaciones son aplicadas sino también básicas con la potencial a ayudarnos a entender los procesos subyacentes al sistema agrícola. Por ejemplo, el trabajo de aplicación podría incluir estudiar cómo las diferentes tasas de aplicación de composta impactan la producción de calabaza orgánica, mientras que la investigación básica en el mismo sistema podría incluir la comprensión de los procesos más básicos por los cuales los nutrientes almacenados en materia orgánica son liberados y utilizados por las plantas. Por lo tanto, la investigación hecha en las universidades agrícolas de los EEUU es diversa, pero tiene el tema de la unión de trabajar hacia mejorar la producción de los EEUU, y así crecimiento económico.

Para entender los efectos del neoliberalismo en la investigación agrícola, consideremos las tendencias que se desarrollan en la universidad y en importantes organismos de financiamiento porque el financiamiento guía mucha de las ciencia. El período neoliberal ha visto cambios en el financiamiento para la educación superior a través del estado. Aunque muchas investigaciones ya habían sido financiadas directamente por el estado (tanto a nivel estatal como federal), ha habido un creciente énfasis en los profesores que encuentran fondos externos competitivos para financiar sus investigaciones.

Consideremos la Fundación Nacional de Ciencias (lo que llamamos la NSF). El número de propuestas presentadas a la NSF aumentó rápidamente durante la última década, pero el monto de la financiación otorgada por la NSF ha aumentado sólo lentamente. Así, las tasas de financiación han disminuido en las últimas décadas. En algunas áreas, las tasas de financiación se sitúan en un 3-5%. Algunos sostienen que la “… acumulación de la infraestructura científica en universidades… ha superado ya la capacidad de financiación del gobierno federal”. El financiamiento es difícil de obtener y significa una gran cantidad de trabajo desperdiciado. En esta economía, muchos profesores buscan fuentes de financiamiento más confiables, tales como de la industria agrícola.

Los costos de la investigación también han aumentado. Las Universidades están extrayendo tasas más altas de costos indirectos para apoyar su infraestructura de investigación (edificios, electricidad, etc.). Esto equivale a un impuesto sobre la investigación y significa que más fondos deben ser retenidos para cubrir la misma cantidad de ciencia. Estos impuestos pueden ser tan altos como sesenta por ciento. Los profesores también son responsables cada vez más por los costos de los salarios de sus estudiantes de posgrado, paquetes
de beneficios, matrícula y honorarios. Por lo tanto, se necesitan más subvenciones para apoyar la educación, así como la investigación.

Estas tendencias – reducción de las tasas de financiación, aumento de los costos de la investigación y el trabajo perdido en la búsqueda constante de fondos – tienen una serie de implicaciones. Hay un mayor estres en los profesores, en parte por una percepción disminuida de su propio valor. Las propuestas de subvención toman mucho tiempo a expensas de otras actividades los cuales son más útiles para el público, como publicar resultados o enseñar a los estudiantes.

En efecto, se anima a los profesores de las Universidades públicas a ejecutar sus programas de investigación científica como si fueran empresas capitalistas. Indudablemente, la mayor pérdida de este modelo es algo intangible, es decir, el estrechamiento de las preguntas, el horizonte cada vez más reducido del pensamiento. El tratamiento de la ciencia como un negocio inherentemente requiere cambiar la definición de investigación válida, importante, y “digna” desde una perspectiva capitalista. Esto puede ser explícito (“patentable”) o eufemístico (“traducido en aplicaciones”). Pero implica una disminución en el énfasis en otro lugar. Los profesores se sienten menos libres para decidir cómo avanzar sus programas de investigación basados únicamente en su conocimiento, en el interés público y en su concepción crítica del mundo. Más bien, sus programas se convierten en perseguir dinero. La reducción de los programas de investigación viables afecta a las motivaciones y las opciones científicas de los investigadores. Claro, todavía hay la opción a de estudiar cualquier cosa pero muchas veces le disciplinan (sutilmente o no) por no poder “traer dinero” a la Universidad o
por publicar menos. La investigación que toma una perspectiva internacional o es de naturaleza más básica se ha vuelto más difícil de financiar.

Permítanme citar un ejemplo cercano y querido a mi corazón: el estudio de los criollos de cultivos y sus adaptaciones al ambiente en los centros de origen de los cultivos. He encontrado que este tema es de poco interés para los financiadores. Pero tendría más suerte si cambiera mi énfasis en estudiar las mismas variedades locales en busca de adaptaciones interesantes con un ojo específico para mejorar los cultivos estadounidenses. Eso no es mi interés. Incluso las agencias o fundaciones que tienen intereses en el trabajo internacional pueden tener sus propias prioridades impulsadas por las tendencias actuales. Por ejemplo, muchos de los que financian
a la investigación agrícola internacional enfatizan el trabajo en África más que en las Américas, utilizan una perspectiva capitalista para validar el trabajo, o también requieren una aplicación directa a la agricultura estadounidense. Hay poco interés en la exportación de conocimiento nacional a otros países o contextos distantes a menos que ayude a construir asociaciones estratégicas para mejorar a los intereses económicos. Como todos sabemos, hay muchos, muchos temas dignos y esenciales que la ciencia podría ayudar a abordar que no se enfatizarían dentro de la atmósfera académica agrícola actual en los Estados Unidos. Esta inclinación en la investigación financiada puede reforzar divisiones preexistentes y disparidades económicas.

Como el imperio de Estados Unidos está en decadencia y el capitalismo global está en crisis, es posible un cambio radical. Pero si las cosas fuesen a cambiar para mejorar, dudaríamos de que esto comenzase en las Universidades. ¿Dónde podemos encontrar esperanza?

III

Para concluir, es lógico que ahora preguntemos sobre las condiciones de posibilidad de una práctica científica genuinamente radical, que no sea neutral con respecto al capital y al estado, sino que pueda cumplir con el potencial de liberación de la ciencia. De hecho, debemos intensificar esta línea de pensamiento utópico. Pero este tipo de cuestionamiento no puede ocurrir en cualquier lugar, o bien se convertirá en un mero idealismo. La concepción idealista de la ciencia – un componente de mucho liberalismo – trata a la ciencia
como una búsqueda objetiva de la verdad. Pero como todos sabemos, no hay forma de ser completamente neutral y objetivo: somos seres sociales. Dado que nuestro mundo está dividido por desigualdades masivas de poder y riqueza, la negativa del intelectual privilegiado a apostar una posición neutral equivale al consentimiento con el status quo. Sobre este punto, el gran científico y crítico radical Noam Chomsky dijo:

A veces se argumenta que las universidades deben ser neutrales… Hay mérito en esa [posición], pero en este universo lo que implica esa posición es la conformidad con…el poder. … En la década de 1960, en mi universidad, MIT, el departamento de ciencia política estaba llevando a cabo estudios con estudiantes y profesores sobre …[la guerra en] Vietnam. …Su trabajo reflejaba la distribución del poder en la sociedad exterior. Los Estados Unidos están involucrados en la contrainsurgencia en Vietnam: “es nuestro deber patriótico ayudar [al país]…”. Una universidad libre e independiente habría llevado a cabo estudios sobre cómo los campesinos pobres pudieron resistir el ataque de una superpotencia depredadora. ¿Pueden ustedes imaginar cuánto apoyo habría conseguido en el campus? Bueno, bueno, eso es lo que la neutralidad se convierte en cuando se lleva a cabo—cuando el ideal [de la neutralidad científica], que es un buen ideal, se persigue sin pensar. Acaba siendo la conformidad con el poder.

Así como encontramos que el capitalismo practicado por el estado de los EE.UU. es de naturaleza imperial y crea un horizonte particular para mucha de la ciencia practicado bajo sus auspicios, otras formas de pensamiento político pueden alentar otros horizontes de la ciencia. Por ejemplo, muchos de nosotros hemos sido inspirados por la investigación agrícola Cubana, la investigación que está incrustada en el Estado Cubano y el socialismo. Joel y yo tuvimos la suerte de pasar un verano en Cuba en 2000 y en esa epoca, la investigación agroecológica Cubana mejoró a los sistemas agrícolas que no estaban vinculados a una economía capitalista.
Muchas veces en los Estados Unidos, habíamos visto métodos agroecológicos útiles despedidos antes de las pruebas porque no se esperaba que fueran capaces de mejorar los afilados márgenes económicos de los agricultores grandes. Viendo el estímulo estatal de la agroecología en Cuba y la apertura de la población campesina, nos hizo ver que la investigación agrícola podría apoyar los sistemas agrícolas diversificados, el uso innovador de nuevas especies y el énfasis en los beneficios holísticos para los agricultores. Nos ayudó a ver que otro mundo era posible.

Para nosotros, esto sólo afirma el potencial de la ciencia. La forma en que se ha realizado dentro de las sociedades capitalistas no es el único camino. Toda la ciencia ocurre dentro de una realidad política y económica, lo que crea un horizonte inherente que prioriza algunas preguntas sobre otras. Algunas preguntas se consideran más valiosas que otras. Pero tal vez podamos imaginar que algunos horizontes producen ciencia que es más justa y equitativa que otras. Por ejemplo, la ciencia puede crecer y ser parte inherente de los
movimientos sociales. Por ser universal, tambien se pueda practicarla en cualquier lugar. Se puede reclamarla y escoger preguntas científicas que avancan a la libertad, la dignidad, la justicia, la creatividad, y los beneficios holísticos. Indudablemente, ya existe mucho pensamiento científico apoyando a las comunidades Zapatistas de adentro. Aunque hay oportunidades para que este pensamiento científico crezca más profundo o en nuevas direcciones, las condiciones para que la ciencia sirva al “Zapatismo” no pueden ser creadas solo por los científicos. Las condiciones existen afuera de la comunidad científica, a través de luchas políticas, como las en
que ustedes han estado involucrados por muchos años.

Gracias.

***

Reflections on science, capitalist political economy & Zapatismo

Kristin Mercer and Joel Wainwright

21 December 2016

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Goal: 4,000 words (without endnotes)

Section I. Introduction
It is a great honor to have the opportunity to learn and think together about science, alternatives to capitalism, and the intersections between the two. I look forward to our conversations. Today, I will present a paper I’ve coauthored with Joel Wainwright, entitled, “Reflections on science, capitalist political economy & Zapatismo”.

Here is our general argument. The political-economy of capitalism continually influences the form and activity of scientific practice, impeding science’s potential to liberate humanity. Nevertheless, we cannot reject science per se. There is potential for science to advance the goals of Zapatista communities. But the conditions for science to serve ‘Zapatismo’ cannot be created by scientists alone.

To elaborate, we unfold our argument in three steps. First, we reflect upon science, modernity, and the political economy of capitalism. We examine how science in the modern university has been formed by the state and capitalism over three distinct epochs (we live in the third, the neoliberal era). Second, we focus on the particular field of science with which we have the most direct knowledge: agronomy and agroecology in US agricultural research universities. Third, we conclude with utopian reflections on science and political transformation: for instance, in Zapatista communities.

*

What we call ‘science’ today may be conceived of in several distinct ways. The common-sense conception, in which science is a rarefied field of discovery dominated by men and mathematics, is exactly the wrong starting point. If instead we begin, as some liberal philosophers of science do, by defining science as a specific set of practices (for instance, hypothesis testingi) then science can legitimately be defined as a modern phenomenon. This liberal position must be criticized from a more radical and historical perspective. For one thing, the liberal view easily slides into the (false) thesis that ‘science is modernity’ or (even more dangerous) thesis that ‘science is Western.’ On these lands we now call ‘Chiapas’ – and we should never forget that these lands were given other names long ago – people shaped maize over millennia; built cities with complex astronomical reference-points; calculated the depths of time with the use of the concept ‘zero’; and so on. By any meaningful conception of science, people in Chiapas have been thinking scientifically for as long as they have been here: longer than there has been a ‘Chiapas.’ This raises a question that seems simple but proves to be quite complex in its dimensions: how can we affirm science as a universal phenomenon, but also define it in some way that distinguishes it from simply ‘thinking’ about the world? It requires that we ‘historicize’ science, that is, to grasp the long history of science, in all its variations, while also taking account of the specific ways science has been both extended and deformed through capitalist modernity.

Contrary to the common sense and liberal conceptions of science, we argue that we should grasp science as a social process of reducing the not-known through creative questioning and the critical comparison of results. So understood, science is neither modern nor Western, but universal, or at least universally possible, though not always enacted. When practiced, science is ‘reason’ at its most social. Consider the practices we associate with science today: comparing data, citing other work, ‘peer review’, and so on. These are nothing but formal ways of building claims together.ii It is on this ground aloeg, the social and ‘collective’ character of science, that we can fend for science’s distinctiveness, for it is what allows scientific reasoning to be defined as universal (anyone can do it!) but also specific (validity of a specific claim is determined by comparison of results, peer review, and so on, within a specific network). Science is not a thing at all, but a skeptical conception of the world—one that tests its claims through negation, through reasoning by the other, reasoning socially. The public presentation of evidence to others to substantiate claims is fundamental: science is validated socially. No one proves anything alone and the accomplishments of geniuses are only marginal elaborations of humanity’s knowledge.[iii]

One of the many accomplishments of Zapatismo has been to elevate the critique of neoliberalism into the left’s general political intuition.[iv] Thanks partly to you, we all recognize that we are living through a neoliberal epoch of the history of capitalism. Before we get into some of the problematic symptoms of neoliberalism on academic science, it is important to explain what we mean by ‘neoliberal science’. While there has been an intensification of pressures on scientists since the consolidation of neoliberalism[v], the fundamental demands of science by capital have changed little since capitalism took hold of Western Europe in the 1700s. What has changed in the neoliberal era is not the essential character of capital nor science, but their interrelation. The change we recognize in their interrelation – which has brought us to a point where it seems like science has ‘become neoliberal’ – has not been driven by changes in the nature of science per se, but rather in its political economy. To put it briefly, and appealing to Marxist terminology, we could say that the role of science in capitalism has changed as a consequence of three fundamental processes, each unfolding on different temporal rhythms. First, there is long, slow process by which the technical side of production (or machinery) has grown more and more enormous relative to labor power. (Marx calls this ratio of living labor to machines the organic composition of capital; the extreme point of the ratio, which capital is driven toward, is a world where all the production is done by robots; that these robots would be owned by a small capitalist class who would have no one to sell their commodities to is one of capital’s prime contradictions.) Contradictory or not, this process drives science onward, with its ‘translational’ edge at front, since it is by technical advantages – more efficient ways to make better mousetraps – that some capitalists are able to secure a marginally larger share of the surplus value produced by labor. Second, the social costs of creating a competitive, scientifically-literate mass of labor power (to create and operate the machines, among other things) has become increasingly costly, during a neoliberal period when the state’s capacity to subsidize public education has declined.[vi] And third, advancing science is inseparable from the competition by states for superiority in the creation of advanced weaponry. From physics to geography, today every scientific discipline grows under the shadow of state tutelage and funding—support that is provided in the hope of turning some academic insights into military advantage. The US is an empire not simply because of its scientific achievements, but it must sustain its scientific achievements to remain an empire.

Taking these three processes together (and setting aside the Marxist jargon), the implication is clear. Science under capitalism has not liberated humanity, but rather reinforced the anti-democratic and essentially authoritarian and destructive forms of power that dominate our world. So we should be careful not to limit our critical thinking therefore to the neoliberal epoch. Capitalism predates neoliberalism, science predates capitalism, and the basic problems we face – inequality, injustice, imperialism – are even older. We need a longer view.[vii] And we must remember that science is not capitalism, they are not the same at all; but the capitalist world is fully engulfed by science, and not to the benefit of all. The globalization of capitalism could never have been achieved without the dynamism propelled by scientific reasoning and its technical accomplishments, harnessed to capital and the state, the two malevolent forms of power that dominate our world.

The reorganization of European social life along capitalist lines transformed the nature of science there in two interlinked ways which subsequently have come to be taken as universal qualities of science. On one hand, the ‘adoption’ of science by capitalist societies brought about the unification of diverse traditions into one global community with uniform scientific reference points, such as mathematics, the periodic table, and the laws of physics. On the other hand, capital ‘rationalized’ science, striating and coordinating its activities through well-defined disciplines with specific objects (for example, biology would study ‘life’, meaning Darwinian evolution, DNA, and so on). Taken together, science has been one of the fundamental elements of the cosmopolitan reordering of the world, perhaps its most ‘humanitarian’ element. Yet science wears the double mask of Janus. Consider three illustrations which are well known here in Zapatista territory. First: we can now communicate instantaneously with colleagues around the world, yet states spy systematically on these transmissions, digitally archiving our private thoughts and interactions. Second: physics decoded the nature of matter yet delivered nuclear weapons to the most powerful states. Third: arguably the greatest ‘discovery’ of natural science in our lives has been to explain, in patient detail and variation, the myriad ways that humans have transformed the Earth, causing a global ecological catastrophe (species loss, climate change, etc.) that threatens the very viability of the present form of human civilization. We could add other illustrations but the pattern is clear: as social reason, science promises liberation, but in a world dominated by its hegemonic forms of power – [1] capitalism as mode of exchange and [2] sovereignty enacted by authoritarian capitalist states – science either liberates us too little or enhances the threats we face.

Section two. The contemporary political economy of science: plant ecology in the modern University as formed by the capitalist state

Still, we are living in a neoliberal era, so we will now elaborate upon some trends shaping scientific practice and consider the effects of neoliberalism for science in the public research university of the United States. We focus here, in the first instance, because it is where Joel and I live and work. Moreover, the practice of science in the US university has global consequences, especially since the US system is often seen as worthy of emulation by others, including in Mexico.

The process of shaping academic science to embody capitalism has proceeded unevenly. Bill Readings’ book University in Ruins explains that the modern university has emerged in three historical phases, each with its own defining goal, or ideal. In the earliest phase, which coincides with the birth of capitalist social relations, the University – still relatively small as a social institution, pre-modern in style, and affiliated with the church – is principally a training ground for elite culture. The goal is good men of spirit. Science plays a small part.

In the second phase, with runs from the mid-19th century to the 1970s, the University becomes increasingly national, practical, secular, and commercial. Its purpose is to blend learning with practice, arts with science, thinking with business. This is the period when mass education of basic math and science becomes the norm, when the concept of ‘social science’ is invented, and when business schools are created inside Universities (very much against the wishes of the ‘old guard’, reflected in the US by critics like Thorstein Veblen). The economic function of the University in this period was the creation of a large pool of ‘trained labor power’; its political aim was the stabilization of the liberal hegemony for the capitalist nation-state. Science was central to both.

The university largely succeeded in fulfilling these functions, at least in the US, but history has moved on. Since the 1970s, our neoliberal phase, the university has lacked a coherent ideal. As we will discuss, we face relentless demands to generate ever larger grants and to commodify the results of scientific labor.[viii] But such commercialization is not our mandate per se. My University, for instance, is a corporation: but it is a not for profit, public corporation, which has the supposed mission of ‘creating knowledge for the world’.[ix] How do you square this mission with the actual practice of emphasizing commercialization? To square the circle, in place of a coherent ideal has emerged the non-concept of ‘excellence’. That is what universities do today, produce something called ‘excellence.’ I am an excellence producer [joke].

Of course ‘excellence’ in itself means nothing, and this is precisely the point. If we cannot agree on the purpose of our work, in place of a substantive ideal we place an empty one. A sign of our times.

Although we all ostensibly pursue ‘excellence,’ in fact the motives driving academic scientists today vary. Some scholars unabashedly and directly support the interests of particular corporations or of the state (including the US military). As a scientist who studies ecology and agriculture at a public university in the United States, I have seen how this social life of science has played out in the choices people make about what to study and the sources of funding they pursue. The very existence of these dynamics puts into relief the possibilities for another kind of science embedded in another kind of society—for instance, “en otro mundo en que quepan muchos mundos”. In this spirit that we highlight some of the trends playing out in academic agricultural research in the US. Perhaps it can help us consider another way.

*

Improving agriculture in the US was a basic reason for the creation of many of the large research universities in the US. These land grant universities (as they are called) had the paired mission of teaching farming to the largely rural population and also performing research to improve agricultural production, increasing our capacity to export commodities. From this initial phase, the goal was to create knowledge that could be directly applied by farmers and agricultural companies. Thus, the research was, at its conception, “translational” or generating direct benefits for businesses. Such translational research informs various kinds of farming systems—from large producers of genetically modified soybeans to small, organic fruit and vegetable producers. Yet not all research fits cleanly in this translational box. There has also been room for basic research that could potentially help us better understand the processes underlying farming system dynamics. For instance, translational work might include studying how different rates of compost application impact organic squash production, while basic research in the same system might include understanding the more basic processes whereby nutrients stored in organic matter are released and utilized by plants. If this work was to be done in Chiapas, rather than Ohio, it might garner less support since it would not be seen as directly relevant to US interests. Therefore, the research done in the US agricultural universities is diverse, but has the uniting theme of working towards improving US production, and thereby economic growth.[x] To understand the effects of neoliberalism on agricultural research, consider the trends playing out in the university and in important funding agencies. The neoliberal period has seen shifts in the funding for higher education through the state. Although much research had previously been financed directly by the state (at both the state and federal levels), there has been a growing emphasis on professors finding competitive external funds from state agencies and other sources to fund their research.

Consider the National Science Foundation (NSF). The number of proposals submitted to the NSF increased rapidly over the past decade (and the number submitted specifically by women doubled). Yet, the amount of funding being granted by NSF has remained static or increased only slowly.[xi] Thus, rates of funding have declined in the past decades. In some areas funding rates are down to 3-5% when the pre-proposal process is incorporated.[xii] Some argue that the “…buildup of the scientific infrastructure in universities and colleges…has now outstripped the funding capacity of the federal government”.[xiii] Funding is difficult to obtain. Searching for it means a lot of wasted labor that could be used for some other social purpose. At the United States Department of Agriculture’s granting arm, funding rates are also declining, with some panels at a 2% funding rate (this is true to the climate change adaptation panel[xiv]). Given that they expect more than 200 proposals that means that the labor spent writing, processing, and reviewing those proposals would result in only 4 or 5 proposals being funded. In this economy, many faculty seek more dependable sources of funding, such as the agricultural industry or particular commodity groups.

Costs of research have also increased. Universities are extracting higher and higher rates of indirect costs to support their research infrastructure (buildings, electricity, etc.). This amounts to a tax on the research being done off grants and means more funds must be gleaned to cover the same amount of work. These taxes can be as high as sixty percent, meaning one needs one hundred and sixty dollars in grant funds to do one hundred dollars of research.[xv] Faculty are also responsible more and more for the costs of their graduate students’ salaries, benefits packages, tuition, and fees. Thus, more grants are needed to support education, as well as research.

These trends – reduced funding rates, increasing costs of research, and the labor wasted on constantly seeking funds – have a number of implications. First, there is greater stress on professors. Grant proposals take a lot of time to write well and doing so comes at the expense of other pursuits that are more useful to the public, such as publishing results or teaching students. Moreover, faculty can feel a reduced sense of their own worth (when, for instance, they are disciplined in subtle ways for failing to ‘bring money’ to the university). This has generated a movement akin to ‘Slow Food’ called ‘Slow Professor’. (Note: While we endorse the
‘Slow Professor’ concept and its critique of neoliberal university, it lacks a radical analysis of capitalism.)[xvi]

In effect, faculty at public universities are encouraged to run their science research programs as capitalist enterprises. For instance, every research university has a division devoted to facilitating patenting—to increasing the number and value of patents generated by faculty. Some argue that “[t]he potential to take advantage of the infrastructure and talent on university campuses may be a win-win situation for businesses and institutions of higher education.”[xvii] ‘Win-win’ here is a euphemism for the use of public assets (scientific infrastructure) for private gain (business).

Arguably the greatest loss is something intangible, that is, the narrowing of questions, the shrinking horizon of thought. For treating science as a business inherently requires changing the definition of valid, important, ‘worthy’ research along capitalistic lines. This may be explicit (‘patentable) or euphemistic (‘translational’). But it implies declining emphasis elsewhere. Faculty feel less liberty to decide how to advance their research programs based solely on their knowledge, on the public interest, and on their critical conception of the world. Rather, their programs become driven by chasing money. The winnowing down of viable research programs, affects the motivations and scientific choices of researchers, and influences what array of projects are funded. Research that takes an international perspective or is more basic in nature has become more difficult to fund.

Let me cite an example near and dear to my heart: the study of crop landraces and how they have adapted to their environments in centers of crop origin. This topic is of less interest to funders than would be studying those same landraces for interesting adaptations with a specific eye for improving US crops. Even agencies or foundations that have interests in international work can have their own priorities driven by current trends. For instance, many foundations funding international agricultural research emphasize work in Africa over the Americas, utilize a capitalist perspective to validate the work, or require direct application to US agriculture. There is little interest in the export of domestic knowledge to other countries or distant contexts unless it helps build strategic partnerships (read: improves economic interests). In sum, where there is not money to be made for US interest, the chance that research is prioritized declines. As we all know, there are many, many worthy and essential issues that science could help address that would not be emphasized within the current agricultural academic atmosphere in the US. This slant in the funded research can reinforce pre-existing divisions and economic disparities.

Although we are committed to the struggle for a different hegemony in the US, and therefore a different university (among other things), Joel and I are not particularly enthusiastic about the role of academic or scientific politics in changing the US today. Briefly put, the hegemony of academic life – the influence of the state and capital, combined with the absence of broad-based, radical social movements – results in an academic environment where radical change is hard to imagine. Still, things could change rapidly. The US empire is in decline, and global capitalism is in crisis—so radical change is possible. But if things were to change for the better we doubt it would begin in the universities. Where can we find hope?

Section three: What science should be: a utopian view from CIDESI / Zapatista territory
To conclude, it is only logical that we now ask about the conditions of possibility for genuinely radical scientific practice—one that is not neutral with respect to capital and state, but can fulfill science’s potential for liberation. Indeed we must intensify this utopian line of thinking. But this kind of questioning cannot happen just anywhere, or else it will lapse into mere idealism. The idealist conception of science – a component of much liberalism – treats science as something generically good because it involves an objective search for truth. But as we all know, there is no way for anyone to be completely neutral and objective: we are social beings. The claim to neutrality and objectivity is at best a reflection of privilege or (more conservatively) a refusal to engage with radical demands for social change. That is to say, given that our world is divided by massive inequalities of power and wealth, the refusal of the privileged intellectual to stake a position amounts to consent and conformity to status quo. On this point, consider this statement by the great scientist and radical critic, Noam Chomsky, speaking about US scientists in the era of the US war in Vietnam:

Sometimes it’s argued that the universities should just be neutral… [T]here’s merit in that [position,] … but in this universe what that position entails is conformity to…power. … Let’s take some distance so we can see things more clearly. Back in the 1960s, in my university, MIT, the political science department was carrying out studies with students and faculty on counterinsurgency in Vietnam … [their work] reflected the distribution of power in the outside society. The U.S. is involved in counterinsurgency in Vietnam: ‘it’s our patriotic duty to help…’. A free and independent university would have been carrying out studies on how poor peasants can resist the attack of a predatory superpower. Can you imagine how much support that would have gotten on campus? Well, okay, that’s what neutrality turns into when it’s carried out—when the ideal [of scientific neutrality], which is a good ideal, is pursued unthinkingly. It ends up being conformity to power.xviii

Just as we may find capitalism as practiced by the US state to be imperial in nature and creating an inherent bias in much of the science being practiced under its auspices, other forms of political thought can encourage other kinds of science. For instance, many of us have been inspired by Cuban agricultural research, research that is embedded within the Cuban state and socialism. Joel and I were fortunate to spend a summer in Cuba in 2000 learning about agricultural research supporting all kinds of diversified farms. It inspired me to see how agroecological research could be leveraged to improve systems that were not tied into a capitalist economy. Having gone to school in Minnesota in the US where intensive, large-scale agriculture is the norm, we had seen so many useful agroecology methods dismissed prior to testing because they were not expected to be able to improve farmers’ razor sharp economic margins. Seeing the state encouragement of agroecology in Cuba and the open-mindedness of the farmer population made us see that agricultural research could support diversified agricultural systems, innovative use of new species, and emphasis on holistic benefits to farmers. It helped us to see that another world was possible.

For us, this only affirms the potential of science. The way it has been performed within capitalist societies is not the only path.[xix] All science occurs within a political and economic reality, which creates an inherent slant that prioritizes some questions over others. Some questions are seen as more valuable than others. But perhaps we can imagine that some slants produce science that is more just and equitable than others. For instance, science can grow out of and be inherently a part of social movements. It can be claimed for creativity, inquiry, learning, beauty, justice, equality, and holistic social benefits. Importantly, it can be practiced anywhere too. For instance, it would be exciting to see science flourish within Zapatista communities. I look forward to learning more about what folks are envisioning for the kind of science you want to see. I can imagine that research that encourages learning about the natural and agricultural resources that Zapatistas value, about technologies that support basic needs of Zapatista communities could easily grow here. Yet the conditions for science to serve ‘Zapatismo’ cannot be created by scientists alone. They must be generated outside of the scientific community, through political struggles, such as those you have been engaged in for many years. Thank you.


Notes

i.  These practices can be summarized as positivist-empiricist epistemology + hypothesis-testing ? applied to the natural world.
ii. In adopting this position we are borrowing liberally from the writings of Antonio Gramsci, particularly Q10II
iii. The distinction between scientific reason and metaphysical reason comes down to a division of between reason that is tested within and without (we could say ‘in public’ but the public / private distinction is freighted with other meanings). The debate about whether scientific truth is ‘what works’ or ‘what people agree is true’ is false; the two modes of truth typically coincide: where they do not, the debate rages on. This debate is science. The nature of its ‘truth’ is secondary.
iv. Prior to the Intergalactic Gathering on Neoliberalism, ‘neoliberalism’ was rarely used in leftist circles internationally. Suffice to say, this changed rapidly.)
v. We agree with Giovanni Arrighi and many others who date the global consolidation of neoliberalism to the 1970s, recognizing that the process has unfolded unevenly in time and space. In the United States the decisive shift to neoliberal political values came with the election of Reagan in 1980; in economic policy, between 1973 (with the lifting of the gold standard) and 1979 (Volker shock). In Mexico the decisive decade for the adoption of neoliberal economic policy was 1983-1994, with the peso crisis, liberalization of trade, attacks on ejidos, NAFTA, and so on. The political shift therefore occurred within the PRI, not between two parties.
vi. Arguably, this is the only of the three processes that are specific to the neoliberal period. Neoliberalism, a political ideology specific to the period of the ascendency of finance (C-M’ or M-M’) relative to production (M-C), has no specific requirement of scientifically literate citizens. Yet the impulse to create such citizens – which marks a definite break from earlier periods of capitalism – can be explained not only on economic grounds but also because the self-fashioning, entrepreneurial subject so central to neoliberalism qua political ideology is partly based on the liberal conception of the inventive scientist engaged in creative experiments with potential commercial applications.
vii. And recall the words on the opening page of Horkheimer and Adorno’s Dialectic of Enlightenment, written in 1947:

Enlightenment, understood in the widest sense as the advance of thought, has always aimed at liberating human beings from fear and installing them as masters.  Yet the wholly enlightened earth is radiant with triumphant calamity (Horkheimer and Adorno (1947), Dialectic of Enlightenment, p. 1).

viii. The pressure to publish findings in the most prestigious journals is not unrelated, since such publications increase the likelihood of success with the next round of grants.
ix. [cite our mission statement]. The existence of such pronounced contradiction leads Readings to conclude that the University is in ruins, in crisis, facing declining public support but more fundamentally without an acceptable ideal for which to exist.
x. Also generally true of research aiming to increase the ecological sustainability of US agriculture since innovative practices to diminish environmental impact must not affect profitability.
xi. NSF (2015).
xii. NSF (2015). These data are disputed. At the turn of millennium, our NSF boasted a funding rate of about 35%, while it has now declined to 20%: that overall 20% funding rate misrepresents the realit.
xiii. Howard and Laird, 2013.
xiv. Personal communication
xv. Those funding sources that do not pay indirect costs, such as National Geographic Society, are discouraged.
xvi. add Slow Professor cite (and perhaps quote).
xvii. Howard and Laird, 2013, p. _.
xviii. N. Chomsky (2008, p. 24).
xix. Science can be good if there is true freedom for the investigator, if the process of science is not dominated by the state and economic systems. However, this is impossible.

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