Fis. Eduardo Vizcaya Xilotl: “(Meta)ciencias, utopías y distopías”

(META)CIENCIAS, UTOPÍAS Y DISTOPÍAS
26.12.2016

Por Eduardo Vizcaya Xilotl

 

0.
Nuestros sentidos son el medio de que disponemos para hacernos una idea del mundo. Podemos distinguir una diversidad de formas, colores, sabores, cosas, texturas, olores, tamaños, sonidos, objetos, cuerpos, animales, plantas, personas, dolores, alegrías, lugares, tiempos. De manera general, identificamos objetos a diferentes tamaños o escalas: la nuestra (la de los humanos), la de las galaxias, la de los microbios, la atómica y así. El hecho de que la materia esté organizada en niveles y escalas bien definidos (quarks, átomos, moléculas, macromoléculas, células, órganos, seres vivos, ecosistemas, ciudades, continentes, planetas, cúmulos de galaxias, etc.) es lo que de alguna manera sugiere un estudio por parcelas o esferas de interés, pues sería imposible estudiar cualquier fenómeno natural si para hacerlo debiéramos describir todos sus componentes atómicos o subatómicos.

También vemos de forma general que los eventos que se distinguen por una gran disparidad en tamaño tienen poca influencia uno sobre el otro y que los fenómenos asociados con cada escala pueden ser estudiados de forma independiente o aislada. Por ejemplo, las olas del mar pueden ser descritas como perturbaciones de un medio continuo, ignorando por completo la estructura molecular del líquido. Por contraste, esa idea que plantea nuestra relación con el Universo a través de la frase: “todo tiene que ver con todo” (postura que se conoce como holismo y que se acerca mucho a las creencias religiosas) debe ser matizada, pues “no todo tiene que ver con todo de la misma manera ni con la misma intensidad”. Y ello se refleja en las palabras que usamos, pues cuando logramos identificar un conjunto (colección, agrupación) de componentes individuales (partes, elementos constituyentes) que interactúan entre sí (o que están conectadas) lo llamamos sistema. Desde luego, la identificación de un sistema depende un poco de lo que el observador sepa de los componentes, que pueda identificar partes dentro de una totalidad y que los conceptualice como una unidad en sí misma, y en que a la postre le asociará un nombre específico, ya sea para referirse a un objeto, una asociación, una especie, etc.

La ciencia moderna, la que arranca a partir del siglo XVII, se construyó considerando al mundo como un rompecabezas que puede ser armado y desarmado a voluntad. Dicha concepción delineó una forma de investigación que se conoce como método analítico y que sigue en gran medida vigente (aunque sus limitaciones se han hecho cada vez más frecuentes y escandalosas). Por supuesto, el armado y desarmado puede ser literal o sólo a nivel conceptual, pero en ambos casos se parte del supuesto de que el conocimiento de los componentes, las partes de un sistema, puede dar una explicación de la totalidad que se analiza. De la mano de este enfoque se desarrolló en gran medida la matemática lineal, una matematización acorde a tal visión. Bajo dicho enfoque, todo lo que existe sería un juego de combinaciones, donde los intercambios de los componentes explicarían los fenómenos que observamos cotidianamente y que, en resumidas cuentas, en cuanto a los cambios de tamaño, queda expresado por los refranes populares: “según el sapo es la pedrada”, “a grandes males, grandes remedios”.

Sin embargo, los significados que asociamos a las palabras que usamos para describir o nombrar las cosas, objetos y cuerpos, requieren también muchas veces del contraste para poder tener noción de ellos. Así, la oscuridad lo es con relación a la luz; lo grande (macro) lo es frente a lo pequeño (micro), etc. A su vez, tenemos pares de palabras que llaman la atención en su dicotomía aparente o porque parecen mantener una tensión entre sí: movimiento/reposo, sonido/silencio, necesidad/azar, mente/cuerpo, nacimiento/muerte, salud/enfermedad, cooperación/conflicto, colectivo/individuo, simple/complejo, orden/desorden, naturaleza/cultura, permanencia/cambio. Varios de estos pares de palabras-conceptos han motivado tanto la investigación científica como la reflexión filosófica. Por ejemplo, identificar regularidades siempre se ha asociado a una idea de orden; si el fenómeno es irregular, se le considera desordenado y ello va de la mano de la identificación de aspectos que permanecen/cambian. Para el pensamiento moderno, la dicotomía se ha resuelto usualmente al privilegiar sólo uno de los extremos y negar categóricamente al otro, levantando barreras supuestamente impermeables entre ambos lados.

En el caso de la física, el problema del movimiento/reposo de los cuerpos dio lugar al surgimiento del cálculo diferencial y de las ecuaciones diferenciales en el siglo XVII. Tras una larga gestación de ideas, se alcanzó una visión dinámica que conceptualiza al espacio y al tiempo como continuos y que expresa en lenguaje matemático gran cantidad de información cualititativa. No sólo eso. Lo que se conoce como mecánica newtoniana o mecánica clásica unificó la visión del universo que se tenía hasta entonces, pues las atracciones gravitacionales se aplican indistintamente a una manzana o a la Luna. Para reflejar dicha unificación conceptual se acuñó el concepto de gravitación universal. En este enfoque, para describir y predecir el movimiento de un cuerpo se hace necesario conocer su posición y velocidad en un instante (lo que se conoce como condiciones iniciales), así como el conjunto efectivo de fuerzas que actúan sobre el cuerpo. Sobre esa base se pueden describir y predecir los movimientos planetarios, de cometas, eclipses, etc. Así, extrapolaciones de la mecánica newtoniana en los ámbitos de las creencias, del poder y de la producción, la convirtieron en paradigma explicativo y predictivo de lo que se considerase conocimiento científico, con graves consecuencias que aún se dejan sentir y que en términos muy generales están asociadas a una “visión del mundo” que emerge con la modernidad.

1.
A nivel del trabajo teórico-conceptual (lo que podríamos llamar ‘interno a la ciencia’), la aproximación que surge a partir de la mecánica (y que se ha dado en llamar reduccionismo mecanicista) ha sido cuestionada de diversas formas. Un caso relevante proviene del estudio de los sistemas complejos. Un ejemplo ilustrativo muy citado, y que recurre a la descripción de características que “dan sabor”, es el agua, pues a nivel molecular está compuesta de hidrógeno y oxígeno, y su forma habitual es líquida, pero tales componentes, por separado, se presentan en forma gaseosa. Así, el agua tiene propiedades cualitativas que no tienen sus precursores y que se conocen como propiedades emergentes. Las propiedades emergentes son las características distintivas de los sistemas complejos, y aparecen de manera espontánea por doquier; la explicación de dichas propiedades ha demandado grandes esfuerzos en el estudio de las interacciones que mantienen unido al sistema y es una labor inconclusa que plantea grandes retos. Dado que los  sistemas complejos no se pueden pensar como piezas de rompecabezas (porque de ahí no se obtienen ni descripciones ni explicaciones suficientes), los enfoques lineales son colocados como aproximaciones burdas para su comprensión, pues se dice que en general las interacciones que los mantienen son no lineales, y son las responsables, a fin de cuentas, de la emergencia. Es así que los distintos niveles y escalas de organización (u orden) de la materia pueden conceptualizarse como regularidades emergentes a partir de los sustratos que los conforman.

Históricamente, alrededor del siglo XIX se presenta ante la mecánica clásica un problema que le resulta infranqueable: resulta que para describir el movimiento de todas y cada una de las moléculas de una jarra de agua, es necesario conocer en un instante la posición y la velocidad de todas ellas (sus respectivas condiciones iniciales), escribir las ecuaciones y resolverlas, pero ocurre que aunque consiguiéramos esos datos, no existen herramientas de cálculo que manipulen semejante cantidad de ecuaciones (del orden del número de Avogadro). Ante esa encrucijada surgió un enfoque macroscópico, con variables tales como temperatura, presión, viscosidad, densidad, volumen, etc.; es la termodinámica clásica la que aparece en escena y de la mano de la revolución industrial. Posteriormente se elaboró una fundamentación teórica para conciliar los enfoques mecánico y termodinámico, surgiendo la mecánica estadística, cuya justificación resumida se encuentra en las palabras de Boris Gnedenko (1969): “El principio básico radica en el hecho de que cuando estudiamos un fenómeno de colectivo, un conjunto nuevo y peculiar de regularidades salen a la luz. Cuando estudiamos fenómenos causados por la acción de un gran número de moléculas no es necesario considerar todas las propiedades de cada molécula.” Hoy en día hay autores, como el Premio Nobel de Física Robert Laughlin, que piensan que todas las leyes físicas son emergentes:

El conflicto lógico entre una frontera abierta y un conjunto de leyes generales se resuelve con el fenómeno de la emergencia. Lamentablemente, el término “emergencia” ha adquirido una variedad de significados, entre los que se incluye el de fenómenos sobrenaturales que no están gobernados por las leyes de la física. No uso la palabra en ese sentido, sino que me refiero a un principio físico de organización. Todas las sociedades humanas tienes reglas de organización que trascienden la dimensión del individuo. Por ejemplo, una empresa automotriz no deja de existir si uno de sus ingenieros tiene un accidente, ni el gobierno del Japón sufre modificaciones significativas después de un proceso electoral. El mundo inanimado también tiene leyes de organización, y esas leyes permiten explicar muchas cuestiones que para nosotros son importantes; por ejemplo, muchas de las leyes físicas macroscópicas con las que nos movemos en la vida cotidiana. Cosas de todos los días como el carácter cohesivo del agua o la rigidez del acero, pero también muchísimas otras.

La naturaleza está llena de fenómenos muy confiables que constituyen versiones primitivas de cuadros impresionistas. Un paisaje florido pintado por Renoir o Monet nos llama la atención porque se ve como un todo perfecto cuando, en realidad, las pinceladas de las que está hecho son imperfectas y de formas azarosas. Como las pinceladas son en sí imperfectas, la esencia del cuadro está en su organización. (Laughlin, 2007: 29-30)

Es así que tales enfoques se presentan como terreno fértil para la gestación de síntesis conceptuales que encaren la tensión creativa entre lo social/individual, y respondan a la dicotomía aparente o a la contradicción evidente entre ambas. Consideramos que conceptos inicialmente desarrollados en la filosofía política o en las ciencias sociales, y ahora presentes en los debates científicos y tecnológicos −como los relativos a participación ciudadana, democratización del conocimiento, equidad, gestión, etc.− se mezclarán con los aspectos estructurales y dinámicos provenientes del estudio de los sistemas y redes complejas, donde, a través del pensamiento analógico, se abordan los ámbitos físicos, biológicos y sociales, para ubicar aspectos genéricos comunes y de tremenda utilidad (por ejemplo, robustez, criticalidad, arquitectura organizacional, diversidad, cohesividad, adaptabilidad en zona crítica, tolerancia a fallos, etc.; Linares y Murguía, 2010; Cocho, 2013).

2.
Las críticas a las ciencias también se han generado por el papel que éstas ha jugado en los mecanismos de dominación, explotación, coloniaje y alienación. Edgardo Lander indica:

A pesar de su excepcional hegemonía en la sociedad moderna, el modo de producción de conocimiento, con sus pretensiones de objetividad y universalidad, conocido como ciencia, en ningún momento ha dejado de ser notablemente polémico. Históricamente, fue amplia la gama de cuestionamientos a las pretensiones de la ciencia de ser la forma superior del conocimiento humano, críticas que se han formulado desde muy diversas raíces culturales y opciones valorativas, así como a partir de variadas perspectivas políticas y sociales. Ha sido señalada su complicidad básica con el proceso histórico de imposición colonial-imperial del modelo de vida y de estar en la naturaleza de la experiencia cultural de Occidente al resto de los pueblos del planeta, como un modelo de conocimiento que al rechazar la validez de los saberes del otro, de todos los otros, les niega el derecho a sus propias opciones culturales, modos de vida y, con frecuencia, a la vida misma. Se ha cuestionado su objetividad y su llamada neutralidad valorativa. Se han destacado las implicaciones de sus supuestos cosmogónicos y preteóricos básicos, de sus separaciones fundantes entre razón y cuerpo, sujeto y objeto, cultura y naturaleza, como sustentos necesarios de las nociones del progreso y del control/sometimiento/explotación de una naturaleza objetivada como otro externo a la experiencia humana, que nos conduce en forma acelerada hacia la destrucción de las condiciones que hacen posible la vida en el planeta Tierra, expresión de una crisis civilizatoria que es ante todo una crisis del conocimiento. […] Son igualmente múltiples las perspectivas críticas que, desde la obra de Marx, enfatizan las formas en las cuales este modo de producción de conocimiento se ha articulado de manera inseparable con las modalidades de organización de la producción en la sociedad capitalista, sirviendo de piso y legitimando sus relaciones de dominación y explotación. (Lander, 2006: 45-46)

Pero el señalar tales aspectos y sólo esos nos coloca en la vertiente que Luis Villoro (1993) calificaría de “actitud del desencanto”, y que en algún sentido contribuyen a la proliferación de actividades y creencias esotéricas por doquier, actualmente propaladas en gran medida a través de Internet: orinoterapia, distintos tipos de misticismos, astrología, brujería, santería, religiones eclécticas, medicinas “alternativas”, etc. y que mezclados muchas veces con palabras técnicas propias de los campos del saber científico (como la mecánica cuántica, la biología molecular, la nanotecnología, etc.), prometen curas-soluciones milagrosas a los problemas que nos aquejan, y que sin ningún reparo manipulan nuestras carencias afectivas y psicológicas, así como las necesidades, muy humanas, de “necesidad de creencia en algo”, sirviendo en muchos casos para engordar carteras y lucrar con nuestras ignorancias.

En el marco de la modernidad, se ha considerado que más ciencia y más tecnología conducirían ineludiblemente al bienestar social, cosa que usualmente se tradujo en el imaginario social como progreso, mismo que formó parte de lo que podría llamarse la utopía moderna. Es verdad que a lo largo de la historia hubo voces críticas que denunciaron el espejismo unilateral de tal visión, y lo hicieron de maneras polimorfas, ya sea a través de la denuncia cruda y a veces panfletaria, ya a través de las formas artísticas donde la imaginación les llevó a plantear distopías sociales y naturales que indicaran los riegos y las incertidumbres a que nos podría llevar uno u otro desarrollo científico-tecnológico. Otras veces se echó mano de los mitos clásicos, como el de Prometeo, Galatea, etc., o se actualizaron para trasladarlos a la época en turno, como es el caso de Frankenstein (o “el moderno Prometeo”), o más recientemente a través de creaciones multimedia inspiradas en la ciencia ficción.

Actualmente atestiguamos tantos efectos nocivos, distintos a los esperados y deseados, que la respuesta no podría ser optimista sin a la par ser tachada de ingenua. Por ejemplo, hoy tenemos: incertidumbre generalizada ante el reinicio de la carrera armamentista propalada por las grandes potencias mundiales; riesgos asociados al manejo de la energía nuclear, e inquietud ante la posibilidad del agotamiento de los recursos petroleros; desechos tóxicos que son generados en cantidades industriales y que se acumulan de manera exponencial; propagación de cultivos transgénicos orientados en gran medida sólo por el lucro sin atender a los riesgos sociambientales y a los perniciosos impactos culturales que podrían acarrear; retorno de enfermedades infecciosas que se consideraban no hace mucho erradicadas; gran cantidad de ilícitos cometidos a través de las tecnologías de la información y la comunicación; crisis de cobertura y atención en los sistemas de salud, educación, seguridad social, transporte en su conjunto; amenaza de catástrofes naturales potenciadas por el calentamiento global, etc. En todos estos casos se considera que la ciencia y la tecnología se encuentran tremendamente involucradas, y es al intentar plantearlos en los marcos teóricos usuales donde se muestran las insuficiencias epistemológicas, metodológicas e incluso ontológicas, indicando quizá que dichos presupuestos siguen asociados a una
ciencia que está muy ligada al contexto civilizatorio que la produjo.

No es casual que las características de incertidumbre, duda, pesimismo y desprecio ante lo científico, etc., con énfasis en los aspectos emotivos, han configurado lo que Germinal Cocho (2013) ha dado en llamar “crisis de la razón”, y ante la cual propone extraer aprendizajes de situaciones similares tanto del pasado como de distintos lugares del planeta. La idea es que si todas las crisis se parecen, debiera haber características en los fenómenos aludidos que nos indiquen por dónde pueden estar “salidas” viables, posibles, y que sean manejables por los sujetos participantes, de tal suerte que todo ello nos coloque en la antesala de un movimiento pendular que hibride la razón con la emoción, enfilándose hacia la otra tendencia indicada por Villoro: hacia una “actitud del renuevo”, la que trata de “la previsión y prevención de los resultados” (de la modernidad), y que busca “los anuncios de lo que podría ser una
nueva época, y perseguirlos”.

3.
En cuanto a las labores cotidianas que a nivel docente hemos desarrollado, y que toman en cuenta el escenario arriba señalado, éstas se nutren de experiencias académicas valiosas cuya recuperación social está en proceso. Así pues, hemos contribuido a la difusión de un enfoque que critica las concepciones estrechas “clásicas” que no contemplan el estudio de la ciencia y la tecnología en sus contextos sociales, políticos y culturales; lo “clásico” proviene del hecho de que al mismo tiempo que se oponen a la visión histórica propugnan por una ciencia valorativamente neutra y ahistórica. Flavio Cocho (2009) describe la situación en un diálogo a cargo de sendos representantes típicos:

Jano ahistórico: ¿En qué estás en desacuerdo?
Jano sociológico: En que el conocimiento científico se integra en concepciones científicas que se sustentan en concepciones del mundo, filosóficas. Hilbert, como matemático, creía en la “verdad absoluta” y por ello era idealista. Poincaré, en cambio, tendríamos que colocarlo como intuicionista en algo así como el materialismo positivista; a la escuela Bourbaki hay que colocarla en el estructuralismo. En física, hoy, para no hacer el cuento largo, en la polémica cosmológica entre Hawking y Penrose, el primero se coloca en el positivismo – no existe para él más realidad que la que “se puede medir”– y el segundo casi cae en el surrealismo de André Breton, pues piensa que “hay más cosas en la realidad de las que percibimos”… un poco a la Hamlet. Y cada una de esas concepciones, filosóficas, condiciona la metodología empleada en la investigación científica, esa que lleva a “fórmulas y ecuaciones”… lo que los científicos de mente estrecha consideran únicamente ciencia. El punto crucial en todo esto es que cada una de esas concepciones filosóficas nace y está condicionada por circunstancias sociales muy precisas, incluso cuando simultáneamente nacen varias de ellas, pues las condiciones sociales son contradictorias. […]

Jano sociológico: […] La “ausencia” de una visión multi e interdisciplinaria de la que llamamos “cultura” manda al exilio a casi más de su mitad […] al humanismo, a las letras, a todo lo que hoy se desvaloriza al decir “ciencias sociales”… y, eso, hoy le quita al conocimiento científico la capacidad de plantearnos cómo lograr la felicidad en un futuro mundo mejor para todos los humanos –¡el primer valor que proclamó el humanismo en el Renacimiento! Porque no lo hacemos es que avanzan, hoy, esas telarañas de “misticismos, religiones y transcendentalismos”. (Cocho, 2005: 325-327)

Un resultado importante que proviene de las llamadas metaciencias,¹ particularmente la filosofía de la ciencia, es considerar a la ciencia como acción humana, lo que permite incorporar como temas de reflexión dimensiones que tradicionalmente se habían excluido, como la moralidad de la actividad científica, su sentido político, los resortes de la creatividad científica o su articulación a la vida humana en su conjunto (Marcos, 2010; Kuhn, 1982). Bajo dicho marco hemos colocado el análisis de las tendencias generales que la ciencia contemporánea enfrenta, y en el que Richard Levins (2015) indica tres grandes problemas: la fragmentación institucional, la mercantilización del conocimiento y el reduccionismo. El primero tendría que ver con todas las instituciones, incluyendo los movimientos sociales; y ¡es gratamente esperanzador que esto comienza a cambiar con actividades como este encuentro! En cuanto a la mercantilización, considero que es el aspecto más inmediato que percibimos todos y que encararlo forma parte de las labores políticas más tradicionales, y que ahora se debería considerar la lista de candidatos con los que el capital aspira a lucrar: los recursos naturales, bióticos, los propios seres humanos, los “bienes” colectivos como el conocimiento. Finalmente, en cuanto al reduccionismo, ya se ha mencionada arriba que el enfoque de los sistemas complejos podría encarar tal reto, siempre que se logre hibridar con lo ético y lo humanístico, ya que de no hacerse así, la amenaza de una refuncionalización o expropiación de sus herramientas es un riesgo a considerar, pues las intenciones y valoraciones de los agentes que financian la investigación, usualmente determinan la agenda de investigación y dirigen muchos de los aspectos de su generación.

Para concluir, debo decir que compartimos la opinión de Levins, quien en su visita a la UNAM durante el año 2013, propugnaba por hacer una crítica/defensa de la ciencia, pues afirmaba que: “Entramos en la ciencia, en general, por dos razones: interés intelectual en la materia, más el deseo de hacer algo en beneficio de la humanidad.” (Levins, 2015: 19-20)

Hacemos votos para que esas dos encomiables razones motiven los trabajos futuros que den continuidad a estas confluencias.

 

Bibliografía
Cocho Gil, Flavio. 2005. Metapocatástasis de civilización. México: CEFPSVLT.
Cocho Gil, Flavio. 2009. “El de Calahorra dijo cómo”, Ludus vitalis XVII (32): 405-410.
Cocho Gil, Germinal. 2013. “Complejidad, criticalidad y humanismo creativo”. En Vizcaya, E., Pacheco, L.,
Miramontes, O. (eds.), Ciencia y Sociedad: Pinceladas. [e-book] México: Copit-arXives. Disponible en el site:
http://scifunam.fisica.unam.mx/mir/copit/
Gnedenko, B. V. 1969. The Theory of Probability. Moscú: MIR.
Kuhn, Thomas S. 1982. La tensión esencial. Estudios sobre la tradición y el cambio en el ámbito de la ciencia. México: Conacyt-FCE.
González Casanova, Pablo. 2004. Las nuevas ciencias y las humanidades. Madrid: Anthropos-IIS/UNAM.
Lander, Edgardo. 2006. “La ciencia neoliberal”. En Ceceña, A. (comp.) Los desafíos de las emancipaciones en un contexto militarizado: 45-94, Argentina, CLACSO.
Laughlin, Robert B. 2007. Un universo diferente. La reinvención de la física en la edad de la emergencia. Madrid:
Katz Editores.
Levins, R. 2015. Una pierna adentro una pierna afuera. [e-book] México: CopIt-arXives y EditoraC3. Disponible en
el site: http://scifunam.fisica.unam.mx/mir/copit/SC0005ES/SC0005ES.html
Lévy-Leblond, J. M. 2006. La piedra de toque: la ciencia a prueba, México: Fondo de Cultura Económica.
Linares, J. E. y A. Murguía (coords.) 2012. Tecnociencia y democracia. Problemas y perspectivas hacia la participación ciudadana. México: UNAM, Seminario de Investigación sobre Sociedad del Conocimiento y Diversidad Cultural.
Marcos, A. 2010. Ciencia y acción. Una filosofía práctica de la ciencia. México: FCE, Breviarios 567.
Villoro, Luis. “Filosofía para un fin de época”, revista Nexos, mayo de 1993.


¹ Las disciplinas que consideran los distintos aspectos de las ciencias como sus objetos de estudio, aquí incluidas la filosofía de la ciencia, la historia de la ciencia, la sociología de la ciencia, etc., y que comprensiblemente expanden su campo de estudio para incluir también las tecnologías.

 

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